Entrevista a Estefanía Domínguez Cagigao

miércoles, 29 de mayo de 2013

ilustradora Estefanía Domínguez Cagigao
Estefanía Domínguez Cagigao
En este mes de mayo he tenido el placer de contar con las palabras de una artista excepcional: Estefanía Domínguez Cagigao, que concede sus palabras a El Parnaso de la Poesía en su quinta entrevista del año. Gracias a la red social Facebook he tenido recientemente el placer de conocer el trabajo de esta ilustradora gallega que, sin duda, no os dejará indiferentes. Estefanía Domínguez también se dedica al óleo, la fotografía y a la enseñanza de estas disciplinas artísticas, y para saber más de ella y su trabajo comencemos a escuchar su voz...
 
 
Estefanía Domínguez Cagigao
Bocetos
 
La necesidad de mostrar al mundo todo aquello que imaginas, que puedes ver en tu cabeza, que aparece en tus sueños y que necesita fluir de algún modo te llevó al dibujo, a la ilustración, como a muchos otros artistas, ¿cuándo tomaste por primera vez papel y lápiz? ¿recuerdas tu primer dibujo?
Mis recuerdos se pierden entre los lápices de colores de mis primeros años de vida. Conservo con cariño, guardados cuidadosamente en carpetas, muchos dibujos de aquellos años. De vez en cuando los reviso para tratar de datarlos. Me es imposible saber cual fue mi primer dibujo, pero tengo varios hechos con cuatro años. En ellos plasmé lo que era mi mundo ideal: casitas rodeadas de verdes campos llenos de flores, montañas, bosques, pajaritos, mariposas, hadas, princesas, el mar, delfines…. Un mundo lleno de color, naturaleza y fantasía que curiosamente ha perdurado en el tiempo como uno de los ejes centrales de mi obra.
 
Estefanía Domínguez Cagigao
E.D.Cagigao fotografiando un paisaje natural
 
 
Estefanía Domínguez CagigaoSi cualquier interesado en tus obras quisiera saber algo más de ti podría leer en tu página web que ya desde niña ganaste varios concursos, que asistías a clases de dibujo y óleo, y que te licenciaste en la Escuela de Arte y Diseño. ¿Qué te llevó a consagrar tu vida al arte?
Desde pequeña me recuerdo dibujando. Solía dejar volar la mente durante horas, imaginando una historia que luego transformaba en dibujo. Pasaban varios días hasta darlo por terminado. Lógicamente al principio esta forma de expresión era sólo un entretenimiento que me permitía transformar mi mundo interior en una realidad de dos dimensiones, pero con el paso de los años se convirtió en el eje central de mi vida, en una pasión de la que era ya difícil prescindir.
Mis compañeras de colegio me pedían dibujos, en mis cumpleaños me regalaban material de bellas artes, hacia retratos a mis familiares...Cuando terminé los estudios y tuve que decidir qué carrera elegir, no lo dudé. Me matriculé en la que hoy es la Escuela de Arte y Superior de Diseño Pablo Picasso y en clases de pintura al óleo en la Asociación Juvenil Xacarandaina, donde años más tarde fui monitora de artes plásticas.
Me licencié en Diseño Gráfico, que por aquel entonces tenía como asignaturas ilustración y fotografía. Recuerdo que presenté como proyecto final de carrera un libro ilustrado sobre leyendas de Galicia que había encantado al tribunal. En la actualidad aquel proyecto está tomando forma en un trabajo que estoy realizando conjuntamente con la escritora Natalia Corbillón, autora de Los Hijos de Gea, que curiosamente y sin conocernos de nada, tenía en mente el mismo proyecto.

 
Tu lista de trabajos es numerosa y cosechada de éxitos ¿cuál considerarías tu mejor trabajo? ¿por cuál de tus obras sientes mayor cariño?
No tengo predilección por un trabajo concreto a la hora de elegir uno como el mejor, pero sí hay varios que, una vez terminados, me dejaron una sensación de satisfacción muy grande. Entre lo que se puede ver publicado, estoy muy contenta con el arte creado para Mar Maior y Sons da lubre nas noites de luar, los últimos trabajos del grupo folk gallego Luar Na Lubre. Yo era seguidora del grupo desde sus comienzos, y conocerlos, poder formar parte de sus proyectos discográficos ha sido una experiencia inolvidable, un sueño hecho realidad. Conservo especial predilección por muchas obras que de una forma u otra representan algo importante en mi vida. Muchas de ellas: dibujos, pinturas, fotografías… no están publicadas en ningún medio, otras se pueden ver en internet, como los óleos de mi última exposición en una galería de A Coruña, que significaron un antes y un después en mi evolución artística o los retratos de algunos de mis animalitos, como “Goloso Smeagol” o “Luna lunera”, que recuerdo con ternura,  un dibujo de formato grande de una sirena en la Playa de Las Catedrales ( “Niamh”, una versión similar, la podeis ver en mi galería de ilustraciones) y un retrato de mi hermana caracterizada como la madre de Aragorn de El Señor de Los Anillos (fui miembro durante algunos años de La Sociedad Tolkien Española).
Pero siempre tengo la sensación de que mi mejor trabajo está por llegar; soy bastante exigente conmigo misma, intento superarme en cada nuevo proyecto, esforzarme más y aprender. Cada nueva obra es un reto, una aventura en la que intento superarme a mí misma.
Estefanía Domínguez Cagigao
Óleo: "El puente de Caaveiro"
La fotografía es otra de tus pasiones. Visitando tu galería de Flickr (http://www.flickr.com/photos/edcagigao) observamos una clara dedicación por los paisajes, la macrografía y los animales. ¿cómo te acercaste a esta disciplina? La fotografía siempre ha estado presente en mi vida. Mi padre es aficionado a la fotografía desde joven y tenía una Yashica MG-1. Mis primeros contactos con esta disciplina fueron con esa cámara. Después estudié la técnica fotográfica en la Escuela de Arte y Diseño con una analógica Olympus OM-10. Todavía las conservo; las tengo como oro en paño. Sacaban unas fotos maravillosas. Con la primera gané un concurso escolar por una foto que representaba la isla del Lago Castiñeiras, un lugar precioso en el Parque Natural de Cotorredondo, Pontevedra.
En la actualidad hago sobre todo fotografía de paisaje; desde hace tres años estoy realizando, junto con Manuel López, un reportaje fotográfico sobre el Parque Natural de As Fragas do Eume (A Coruña), que esperamos pueda plasmarse en un libro en un futuro cercano. Además, hace un tiempo descubrí las cosas tan mágicas que se pueden hacer con una tableta gráfica y la técnica de la fotoilustración. En este campo, tengo en mente varios proyectos de fantasía y temática celta que espero puedan ver la luz muy pronto.
Estefanía Domínguez Cagigao

Estefanía Domínguez Cagigao


Tus trabajos trasmiten libertad, sensibilidad y dulzura, una dulzura infinita, son delicados y coloridos, tanto en ilustración como en óleo, ¿cuáles son tus fuentes de inspiración? ¿y tú técnica favorita?
Adoro la naturaleza, los bosques, las leyendas y la herencia celta de mi tierra. Estas son mis principales fuentes de inspiración. Me encantan las historias de fantasía que transcurren en mundos medievales y/o primitivos, llenos de magia, oscuros peligros y seres fantásticos. Cualquier libro, película, serie o circunstancia que me transporte a estos mundos legendarios, pueden hacer volar mi imaginación. Además una parte importante de mis obras están dedicadas a mis animales. Para mí no son mascotas, sino parte de mi familia. Soy socia de dos protectoras en mi ciudad y de una organización que lucha por los derechos de los animales. Creo en un mundo donde no exista el maltrato ni la explotación animal, donde se les respete como seres sintientes que son.
Aunque son técnicas muy diferentes, me gustan especialmente el óleo y la acuarela. En los últimos tiempos trabajo más con acuarela, pues es fantástica para dotar a mis ilustraciones del colorido y la luz que necesitan. La trabajo como si fuera un óleo, con lentitud y a base de capas traslúcidas que me permiten crear las formas y volúmenes necesarios. De este modo la realización no es rápida ni sencilla, pero es así como he encontrado la forma perfecta para dar vida a mis creaciones.
 
Estefanía Domínguez Cagigao
Acuarela: "Goloso Smeagol", 2011
 
Cuando un admirador de tu trabajo observa tus obras suelen asaltarle preguntas de pura curiosidad ¿tienes un rincón especial para trabajar? ¿escuchas música mientras trabajas? ¿prefieres el día o la noche para inspirarte?
Trabajo en un pequeño estudio que tengo en casa, donde las musas suelen acudir con rapidez cuando las llamo (risas). La estancia es luminosa y está decorada en colores claros y acogedores. Intento rodearme de objetos que creen un clima de calma y tranquilidad, como mi pequeña colección de haditas, hojas secas o una pequeña biblioteca de libros ilustrados, de arte y fantasía.
Dependiendo del estado de ánimo en cada momento, me gustan pintar en completo silencio o escuchando música de inspiración celta, folk, new age, ópera crossover... Estos géneros musicales ayudan a crear un ambiente mágico muy relajante, perfecto para trabajar. Me encanta pintar de día y con luz natural, me relaja más, fuerzo menos la vista y los colores los percibo mejor. Sólo trabajo de noche y con luz artificial si necesito terminar con urgencia un encargo.
Estefanía Domínguez Cagigao
Acuarela:"Herrerillo de Caaveiro", 2011
 
Internet es la gran herramienta que ha permitido que tantos artistas lleguen al mundo, ¿en qué medida te ha ayudado a ti?
Internet usado de la forma correcta es el mejor escaparate para un artista o cualquier profesional. Es una exposición permanente que permite llegar a mucha gente. Gran parte de la repercusión que está teniendo mi obra es gracias a internet y las redes sociales. Realmente es una herramienta valiosísima para darse a conocer. Muchos artistas, de otra forma, lo tendríamos bastante complicado.
 
Para los seguidores habituales de tu trabajo y para los que te conozcan hoy mismo ¿en qué direcciones web pueden seguir tu obra?
Se puede ver parte de mi obra y seguir mi trabajo diario en los siguientes sitios:
La web, que actualmente tengo en proceso de actualización y enlazada a la página de Facebook, el blog “Desde mi estudio”, donde además tengo un apartado con una pequeña tienda provisional en la se pueden adquirir reproducciones de algunas ilustraciones, Twitter, YouTube, donde publico vídeos sobre mis trabajos y Flickr, con una selección de fotografías y fotoilustraciones.
 

Pink en su video más espectacular "Try"

miércoles, 22 de mayo de 2013

Pink Try videoclip

La cantante estadounidense Pink me sorprendió hace unos meses con el lanzamiento de su último videoclip: Try, que pertenece al álbum "The truth about love". Y no solo a mí, sino a medio mundo con un video lleno de fuerza y pasión. La coreografía es hipnótica y completamente espectacular. Pink mantiene una conexión muy intensa con su compañero de baile, Colt Prattes (que se ha convertido en uno de los bailarines más famosos del momento), en una danza que une la lucha, el deseo y una sincronización perfecta.
 
Allá donde muchos ven tan solo ganas de llamar la atención con un baile que tintan de violento (incluso de violencia de género) y explícitamente sexual (aunque no haya nada de explícito, sino erótico e insinuante), no ven todo lo artístico y emocional que hay tras cada paso. Se mantiene un continuo "te quiero, pero te odio" "te necesito, pero aléjate de mí" "te deseo, pero no voy a rendirme a mis sentimientos".
 
Pink Try videoclip
 
Pink Try videoclip
 
 

Las emociones están servidas a flor de piel y ello no solo se transmite en el baile, sino también en la expresividad de sus rostros, como se les puede ver en varios primeros planos sollozando. La utilización que se hace del color es un acierto más a añadir, pues ayudan a focalizar la atención en ciertas zonas del cuerpo. Todo esto son detalles que debe buscar el observador más exigente. Estos "polvos de color" también han sido usados, por ejemplo, en el último videoclip de 30 seconds to Mars: Up in the air. Si aún no has visto el video ahora tienes la oportunidad de hacerlo y comentar aquí qué te ha parecido, cuáles son tus impresiones.

Pink Try videoclip
 

En conclusión, tenemos ante nosotros un video original, cosa que no siempre es fácil de conseguir, y que es capaz de transmitir mucho más que la propia canción en sí, sin que por ello quiera desmerecerla, pues tanto video como canción me encantan. También los escenarios hablan por sí solos, desierto y hogar, destruidos y magnéticos, como ellos mismos.



Ever wonder about what he’s doing
How it all turned to lies
Sometimes I think that it’s better to never ask why

Where there is desire
There is gonna be a flame
Where there is a flame
Someone’s bound to get burned
But just because it burns
Doesn’t mean you’re gonna die
You’ve gotta get up and try try try
Gotta get up and try try try try
You gotta get up and try try try

Funny how the heart can be deceiving
More than just a couple times
Why do we fall in love so easy
Even when it’s not right

Where there is desire
There is gonna be a flame
Where there is a flame
Someone’s bound to get burned
But just because it burns
Doesn’t mean you’re gonna die
You’ve gotta get up and try try try
Gotta get up and try try try try
You gotta get up and try try try

Ever worried that it might be ruined
And does it make you wanna cry?
When you’re out there doing what you’re doing
Are you just getting by?
Tell me are you just getting by by by

Where there is desire
There is gonna be a flame
Where there is a flame
Someone’s bound to get burned
But just because it burns
Doesn’t mean you’re gonna die
You’ve gotta get up and try try try
Gotta get up and try try try
You gotta get up and try try try
Gotta get up and try try try
Gotta get up and try try try
You gotta get up and try try try
Gotta get up and try try try

You gotta get up and try try try
Gotta get up and try try try try
 
    
Pink Try videoclip

Pink Try videoclip
 

 El video ha sido dirigido por Floria Sigismondi, que cuenta con grandes éxitos a su espalda como "E.T" de Katy Perry o "Hurt" de Xtina. En este video de "Making off" podéis disfrutar de algunas escenas del rodaje.
 
Pink Try videoclip
 
 
Pink Try videoclip


La silenciosa muerte de los libros

miércoles, 15 de mayo de 2013

http://blue-bullet.deviantart.com/
 
Los libros mueren silenciosamente en las estanterías. Las palabras que un día nacieron del corazón de sus autores hoy ya no encuentran eco en el silencio de la historia, y es mi intención haceros llegar un breve escrito de Eva María Benítez Aragón, que fue publicado en el primer número de la revista cultural La victoria de Sísifo en 2003. Creo que será del gusto de todos los lectores...
 
 
UNA MUERTE EVITABLE
 
Caminando por un angosto callejón de una urbe cualquiera, sentí que miles de personas me susurraban palabras que no podía descifrar pero sí pude localizar de donde procedían.
 
Mis ojos se clavaron en un pequeño escaparate, dominado por tonos marrones, que eran símbolo de vejez, de la antigüedad de unos libros que luchaban por mostrarse de una forma desordenada en un espacio tan reducido.
 
Mi curiosidad me hizo no ser ajena a ese tumulto de tomos que gritaban de una forma tan angustiosa como lo hace un hombre ante una muerte que le es asignada y ante la que no puede escapar de forma alguna, y por ello decidí acudir al auxilio de esas páginas que reclamaban mi atención.
 
Crucé el umbral y al entrar sentí un asombro desmesurado, una sublimidad dolorosa que me hizo ser culpable de la situación tan penosa que denotaban los gritos de aquellas personas que se ocultaban en los libros. Mi vista se llenó de estanterías casi ocultas del todo por un gran número de volúmenes, que se amontonaban y empujaban unos a otros por sobrevivir y no caer al vacío, por permanecer en aquella estantería y ser lo bastante visibles como para que alguien, alguien como hice yo, al entrar pudiese verlos.
 
http://breathing2004.deviantart.com/
Eran tantos que no supe a cuál prestar atención, y de una forma ilógica me centré no en aquellos que habían logrado permanecer en la estantería y eran visibles, sino en los que habían caído al suelo y emitían alaridos moribundos. Estos tomos me hablaban tanto de verdades de una realidad pasada, como de fantásticas historias que hacían volar mi imaginación a lugares que otros libros actuales no habían sido capaces de llevarme con tan pocas palabras como éstos.
 
Escuché de entre ellos, uno, cuya voz era ronca y rasgada, y no pude descifrar lo que quería decir hasta que centrando toda mi atención, logré reconocer ciertas palabras similares al habla gallega, y pude saber que era un libro muy, muy antiguo, una joya cuyo idioma era el castellano, un castellano tan antiguo que apenas era comprensible.
 
A su lado y envuelto en una tela de araña que ocultaba unos colores que en su tiempo posiblemente fueran muy intensos y alegres, un hombre y una mujer gritaban su historia, la historia de una tragedia de amor, tan pasional, romántica y profunda, que mi alma moderna, al sentir una intensidad impensable en su tiempo, estremeció y se sintió vacía.
 
Bajo este relato de amor, asfixiado por una tela de araña, se encontraba un cuaderno de grandes dimensiones que emitía un gran número de sonidos diferentes, provenientes de muchos hombres que discutían sobre física y química, sobre las leyes naturales y sobre un entramado de cuestiones que se relacionaban con la vida física del universo, o sobre el espacio y el tiempo, temas hoy día sin descifrar por el ser humano.
 
Todos estos personajes bailaban al son de unas melodías tan complejas y dinámicas, que en aquel momento yo pude oír, y que los oídos refinados de las grandes escuelas musicales dominados por la regla y la armonía, habían olvidado y los habían calificado de apócrifos.
 
Tantos sonidos, tantas voces que narraban historias de ficción y todas las vidas reales que se escondían en aquellos libros, decidieron dar un unísono grito que provocó un estallido en mis sentidos. De repente todos los volúmenes desaparecieron de mi vista, todos menos uno. Un enorme libro con las tapas negras sin título, que se abrió ante mí, mostrándome unas páginas que descubrían la farsa en que se había convertido mi vida actual, una vida dominada por la novedad y por los nombres conocidos por la mayoría, nombres que quizás debían ser reemplazados por otros con más mérito y menos renombre.
 
El oscuro libro de palabras sabias, narraba la vida de la humanidad, una humanidad que había olvidado que es producto de ideas y relatos que hombres de otro tiempo llegaron a descubrir, y crearon en forma de libro para abrir nuestros ojos y nuestras mentes. Un mundo, donde la mano que todo lo escribe, las editoriales, habían dejado de transmitir las ideas que son la cuna de todas nuestras ideas, y ahora fijaba su mirada el entramado de ideas y pensamientos que el hombre actual pretendían reflejar, sin saber que puede hacerlo con un tipo de lenguaje que alguien inventó, con unas normas que otros habían creado y usado, con unos sentimientos que no llegan a ser más profundos que los que ya habían sido transmitidos, y sobre todo con descripciones de nuestro entorno que son posibles gracias a aquellos tantos otros que descubrieron la realidad, la verdad de nuestro mundo y su funcionamiento.
 
Todas aquellas personas descubrieron grandes verdades y supieron reflejar las inquietudes humanas y sus preguntas, muchas de las cuales no han logrado ser descifradas, y han sido sepultadas en el tiempo, olvidadas por todos los que no sabemos que en ellas podemos encontrar respuestas a nuestros problemas e inquietudes, que en aquellas personas, en aquellos pensamientos en forma de libro, se encuentra la sabiduría humana, la sabiduría de los viejos.
 
Cuando el viejo libro negro terminó su relato, todo volvió a la normalidad; los libros que habían desaparecido se mostraban de nuevo en aquellas grandes estanterías, unos sobre otros, amontonados. Pero algo era distinto, algo en mí había cambiado y ahora la realidad tomaba un matiz especial, un sentido más claro. Aquellos libros habían abierto mis ojos a la realidad, una realidad que estaba ya en ellos y que todos podemos descubrir en las pocas librerías donde todavía esos libros luchan por vivir.
 
http://blindmanphoto.deviantart.com/
 
Este relato que, sin duda, hace reflexionar sobre la forma en la que descuida el mundo actual, tan modernizado, mecanizado y tecnológico, el objeto que ha transmitido la sabiduría de nuestros antepasados, el soporte en el que vienen narradas las historias que desde hace siglos nos hacen soñar. El libro.
 
Con esta lectura no he podido evitar recordar el maravilloso corto "Los fantásticos libros voladores del señor Morris Lessmore", que muestra cómo los libros devuelven a las personas, que le dedican su tiempo, amor, compañía y un sin fin de emociones por añadir. Fue premiado con un Oscar en el año 2012 como Mejor corto de animación.
 
 
 


 

 


La mujer en la nieve ( Yuki - On' na)

martes, 7 de mayo de 2013


El cuento La mujer de nieve de Lafcadio Hearn (1850 - 1904) forma parte de su  obra  "Kawaidan. Cuentos clásicos del Japón" (1903). L. Hearn fue periodista, traductor y escritor, pero sobre todo su trabajo sobresalen sus estudios orientales, pues durante toda su vida amó profundamente la cultura japonesa, de tal forma que llegó a nacionalizarse como japonés, a casarse con una japonesa y a cambiar su nombre por el de Yakumo Koizumi (小泉八雲).

Conocí esta figura literaria a través de la asistencia al IV Ciclo de Literatura y Cine de la Universidad de Málaga, y me llamó tanto la atención su trabajó que decidí seguir investigando por mi cuenta. Ahora quisiera compartir con vosotros este precioso cuento...

La mujer de nieve es conocida en japonés como Yuki -  On'na (雪女), y es un icono del folclore japonés, de tal modo que podemos encontrar a este espíritu en películas, en la literatura, en el manga, en definitiva, en prácticamente cualquier tipo de manifiestación artística. Tal y como podréis comprobar tras la lectura, Yuki es representada con los cabellos largos negros, de apariencia hermosa, aunque con ojos terribles, y, siempre, aparece en noches con tormentas de nieve.


En un lugar de la provincia de Musashi, vivieron dos leñadores llamados Mosaku el uno y Minokichi el otro. En el tiempo a que me refiero Mosaku era ya un anciano y Minokichi, su ayudante, contaba solamente con dieciocho años de edad. Todos los días iban juntos a un bosque distante como cinco millas de su pueblecito. Para llegar a él tenía que cruzar un ancho río, en el que había una barca. En el sitio donde estaba el embarcadero construyeron varios puentes; pero todos se los llevaron las aguas. Ninguno podía resistir las crecidas del caudaloso río.
 
En una tarde muy fría, al regresar los leñadores a su casa, se vieron sorprendidos por un terrible huracán de nieve. Y llegaron al embarcadero y se encontraron con que el embarcadero se había marchado, dejando el bote en la orilla opuesta. El día no estaba para nadar, y los leñadores se refugiaron en la choza del barquero, muy satisfechos de haber podido encontrar donde guarecerse. En la choza no había brasero ni sitio para encender fuego, pues la cabaña estaba hecha con dos esteras y su extensión no llegaría a seis pies cuadrados. Sólo tenía una puerta, sin más huecos de ninguan especie. Mosaku y Minokichi sujetaron la puerta y se sentaron a descansar, abrigándose con sus casacones de paja. Imaginaban que la tormenta pasaría pronto.
 
El viejo se durmió poco después; pero el zagal estuvo despierto largo rato, escuchando el retumbar de los truenos, el bramido furioso del viento y el continuo azotar de la nieve contra la débil choza, que crujía y se bamboleaba con la misma ligereza que un junquillo en el mar. Era una tormenta formidable. El aire se hacía más helado a cada momento. Minokichi temblaba bajo su casacón de paja. Pero, al fin, y a pesar del gran frío que le atormentaba, se quedó aletargado. De pronto, al sentir que la nieve le caía en el rostro, se despertó. La puerta de la choza había sido forzada, y al resplandor de la nieve pudo distinguir la figura de una mujer. Era blanca desde la cabeza hasta los pies  y estaba inclinada sobre Mosaku, echándole su aliento. Casi en aquel instante se volvió hacia Minokichi, y también se inclinó sobre él. Éste quiso gritar, pero no pudo. Había perdido el habla. La mujer blanca se inclinaba cada vez más, hasta que se tocaron los dos rostros...El leñador observó que era muy bella, pero los ojos causaban espanto. Por espacio de unos segundos le contempló en silencio. Después le dirigió una sonrisa y le susurró al oído:
 
- Pensaba hacerte lo mismo que al otro. Pero no puedo sino sentir alguna misericordia hacia ti ¡eres tan joven! ¡y eres un hermoso joven! ¡muy hermoso! ¡muy hermoso!, sí, Minokichi. Y por eso no quiero herirte ahora. Pero si alguna vez dices algo, aunque sea a tu propia madre, acerca de lo que has visto esta noche, lo sabré al momento ¡y te mataré! No olvides nunca esto que te he dicho...


 
Dio media vuelta, atravesó la puerta y desapareció. El leñador pudo moverse al fin. Corrió a la puerta y escudriñó por todas partes. Pero la mujer se había volatizado misteriosamente y la nieve entraba de un modo arrollador en la desvencijada cabaña. Minokichi cerró la puerta y la aseguró con varios trozos de madera. Imaginó que el viento había sido quien derrumbó la puerta y que todo lo demás no pasaba de ser un sueño lúgubre. Y quizá la figura de mujer que vio en la puerta no fue otra cosa que la brillante claridad de la nieve...Pero, como no estaba muy seguro de sus ideas, llamó al viejo. Y éste no le respondió. Minokichi quedó aterrado. Empezó a buscar a tientas en la obscuridad, dio con el rostro de Mosaku ¡y notó que estaba frío como el hielo! El desgraciado leñador había muerto.
 
Al romper el día cesó la tormenta. Cuando el barquero, un poco después de salir el sol, retornó a su puesto, halló a Minokichi tendido en el suelo, sin conocimiento, junto al congelado cadáver de Mosaku. Minokichi fue solícitamente atendido y pronto volvió en sí, pero estuvo enfermo durante mucho tiempo, a causa del frío que cogió aquella terrible noche. La muerte del viejo le afectó de modo tremendo, pero no habló a nadie sobre la visita de la mujer blanca. Tan pronto como recobró la salud, reanudó sus tareas de leñador. Todas las mañanas iba solo al bosque, y regresaba al anochecer, trayendo sus correspondientes haces de leña, los cuales se encargaba de vender su madre, y con el producto de ellos trataban de ir viviendo.

Una tarde del invierno siguiente, al regresar de su cabaña, encontró en la carretera a una niña que llevaba la misma dirección que él. La jovencita era alta, de cuerpo frágil y esbelto y de hermosa apariencia. Minokichi la saludó. Ella contestó al saludo y su voz resonó en los oídos del joven con la misma agradable dulzura que el canto de un pájaro niño. El leñador se unió a la jovencita y empezaron a charlar. Dijo llamarse O-Yuki. Hacia poco tiempo que habían muerto sus padres y marchaba a Yedo para ver si por medio de unos parientes pobres que allí tenía entraba a servir en alguna casa principal. Minokichi quedó encantado con la amena charla de aquella mujercita, y cuanto más la miraba más bella le parecía. Le preguntó si estaba prometida. Y ella le contestó que no, y se rio alegremente. A su vez, O- Yuki preguntó también al leñador si estaba casado o prometido. Minokichi respondió, que aunque sólo tenía que mantener a su madre (el padre había muerto ya), la cuestión de una "nuera conveniente" aún no se había tratado, porque él era muy joven.

Después de hacerse estas mutuas confidencias, siguieron su camino. Marcharon durante gran espacio de tiempo sin hablarse una palabra: pero, como dice el proverbio japonés: Ki ga aréba mé mo kuchi hodo mi mono wo iu (cuando el deseo ha vencido, los ojos pueden hablar mucho más que la boca). Al llegar al pueblecillo ambos se hallaban encantados uno del otro. Minokichi rogó a O - Yuki que entrara en la casa para tomar algún reposo. La niña respondió con gran timidez y rechazó en un principio el ofrecimiento, mas acabó por aceptar. La madre del joven la recibió con mucho cariño y le preparó comida caliente. O - Yuki se portó de modo tan delicado y tan exquisito, que la anciana se aficionó a ella y la persuadió para que retrasara su viaje a Ydo. Y el desenlace natural de todo esto fue que O - Yuki no marchó nunca a Yedo. Permaneció en la casa como una "nuera conveniente".

Y O - Yuki demostró que, en efecto, era una bonísima nuera: cuando, cinco años después murió la madre de Minokichi, las últimas palabras que pronunció fueron palabras de afecto y alabanza dirigidas a la esposa de su hijo.

O - Yuki trajo diez hijos al mundo, niños y niñas, todos muy hermosos y de blanquísimo cutis.

Las gentes del país creían que O - Yuki era una persona algo bruja, basándose en la diferencia que existía entre ella y las restantes vecinas del pueblecillo. Quienes más se preocupaban de esto, naturalmente, eran las viejas. Y O - Yuki, a pesar de haber tenido diez hijos, se conservaba tan joven, tan fresca y tan bella como el primer día que entró en la aldea.

Una noche, después que acostaron a los niños, O - Yuki se sentó a coser a la luz de una lintera de papel. Minokichi, que estaba contemplándola, exclamó:

- El verte coser, con la luz sobre tu rostro, me hacer recordar cierto suceso bastante extraño que me ocurrió cuando tenía dieciocho años de vida. Entonces vi una cosa tan blanca y tan bella como tú lo estás ahora. Ciertamente, "aquella cosa" era igual que tú.

Sin levantar su mirada de la costura, O - Yuki preguntó:

- Dime algo de ella ¿dónde la viste?

Y Minokichi refirió la macabra historia de la noche de tormenta. Le habló de la Mujer Blanca que se inclinó sobre él, sonriendo y murmurando a su oído unas terribles palabras. También contó la silenciosa muerte de Mosaku y añadió:

- Despierto o adormecido, aquélla fue la única vez en mi vida que he visto un ser tan hermoso como tú. Desde luego, la mujer no era un ser humano, y yo me asusté de ella ¡y me asusté mucho! Pero ¡era tan blanca! y, en verdad, nunca he podido tener la certeza de si fue un sueño lo que yo vi o si era la Mujer de Nieve.

O - Yuki arrojó al suelo violentamente las labores, se levantó con precipitación y, dirigéndose a Minokichi, le gritó:

- ¡¡Era yo, yo, yo!! ¡¡Yuki, Yuki, Yuki era!! ¡Y te dije que te mataría si llegabas a decir a nadie una palabra sobre ello! Mas, por estos niños que duermen ahí ¡no quiero matarte en este momento! Cuida bien de ellos, procura que nunca les falte nada, pues si algún día tuvieran motivo para quejarse de ti, entonces ¡te trataría como mereces!

Y a medida que gritaba, su voz se iba debilitando y sus ecos parecían el silbido de un viento lejano. Y se fundió en una nubecilla blanca y brillante, que hizo espirales por toda la habitación, hasta llegar al techo, y, estremeciéndose, desapareció por la chimenea. Jamás volvió a ser vista.

 

Pulgarcita (Thumbelina)

viernes, 3 de mayo de 2013

 

poster pulgarcita thumbelina
La película de  Pulgarcita (Thumbelina) llegó a los cines en el año 1994, dirigida por Gary Goldman y Don Bluth, y producida por 20th Century Fox. El guión del film bebió directamente del maravilloso cuento de Hans Christian Andersen, y a pesar de ello y de que contó con un presupuesto de 28 millones de $, su recaudación no llegó a los 12 millones de $.
 
Quizás fueron dos gravísimos errores los que sepultaron a esta película, que en mi infancia conquistó mi imaginación por completo. El primero y más notable error es que la acción ocurre demasiado deprisa, a una velocidad en la que no se da lugar a que ni siquiera los sucesos tengan por completo un sentido, da la sensación de que el cuento debía contarse a contrarreloj. Si bien es cierto que en las películas infantiles es corriente acelerar el ritmo de los sucesos, para mantener despierta la atención de los niños, opino que la aventura que vive Pulgarcita debería haberse desarrollado en un espacio de tiempo más extendido. Y en segundo lugar, el componente musical es excesivo y en algunas escenas incluso inapropiado.
 
Sin embargo, a pesar de las justas críticas que le hago a la película, si le he concedido un espacio en este blog es porque también tiene cosas maravillosas que he de alabar. Si estuviera en mi mano rendiría un aplauso al equipo de dibujo, por un trabajo sensacional, y a los que permitieron que este hermoso cuento fuese llevado a la gran pantalla, otro aplauso, pues es una historia que todos los niños deberían escuchar alguna vez, si bien lo ideal sería recurrir a la narración original.
 
Os brindo la oportunidad de leer el cuento a todos aquellos que no lo conocíais o no habías tenido la oportunidad hasta este momento.
 
 
pulgarcita thumbelina
 


pulgarcita thumbelina


...Una viejita muy pobre y muy buena se encontraba sola en el mundo, pues se le habían muerto todos los parientes. Como ya no estaba en edad para casarse, le preguntó a una hechicera cómo tendría que hacer para conseguir una niña que la reconociese como madre. Y la hechicera la contestó:
 
—Aquí tienes un grano de cebada. Es de una clase especial que nada tiene que ver con la que cosechan nuestros agricultores. Siémbralo en una maceta de flores y verás lo que sale.

Después de agradecer a la maga, la pobre mujer entró en su casa y plantó el grano de cebada donde aquélla le había dicho. No tardó en brotar una linda y fragante flor parecida a un tulipán, pero completamente cerrada.
 
—¡Qué hermosa flor! —dijo la viejita, besando sus hojas coloradas y amarillas.
 
Al contacto de los labios de la buena mujer, la flor se abrió ruidosamente, tomando por completo la forma de un tulipán. En su fondo se podía ver a una niña muy pequeñita, linda y delicada. Tan pequeñita era, que su estatura no pasaba de la de una almendra. Por eso la llamaron Pulgarcita.
La anciana le dio por cama una cáscara de nuez, prolijamente barnizada a muñeca. Por colchones tenía pepitas de violeta, y por colcha, una hoja de rosa. Pulgarcita dormía allí durante la noche, y las horas del día las pasaba jugando sobre la mesa, donde la viejita había colocado un plato lleno de agua, rodeado por una corona de lindas flores. En el plato había una hoja grande de tulipán, sobre la que se sentaba la niña con toda comodidad y navegaba de una orilla a otra con auxilio de dos pequeñas agujas que le servían de remos.
 
pulgarcita thumbelina
 

Era un lindo espectáculo contemplarla. Y por si esto fuera poco, cantaba con voz tan dulce y afinada que parecía una caja de música. Los pajaritos, y hasta las mismas moscas, dejaban de volar para oírla.
Pero una noche, mientras Pulgarcita dormía plácidamente, un sapo horrible entró en la pieza por un cristal roto y trepó hasta donde estaba la cáscara de nuez que servía de la cama a la niña. Maravillado quedó el animal al verla. Y dijo:
 
—No podía haber encontrado mejor esposa para mi hijo.
 
Y sin perder más tiempo, agarró la camita y saliendo por donde había entrado, se llevó a Pulgarcita al jardín, entre cuyas flores corría un pequeño arroyo que daba a un pantano en el que vivía el sapo con su hijo, que era tan asqueroso como él. Lo cual, en verdad, ya es mucho decir.
 
—¡Coac, coac, brequequequé! —gritó, admirado, el sapito al ver a tan hermosa niña en la cáscara de nuez.
—Habla más bajo —le dijo el padre;— no sea que despierte. Como es tan ligera como la pluma del cisne, a lo mejor se nos escapa. La colocaremos en una hoja ancha de higuera en medio del arroyo, para que viva allí como en una isla. Por miedo de ahogarse, no se irá. Mientras tanto, nosotros prepararemos en el fondo del pantano el aposento en el cual viviréis una vez casados. Y espero que tú, hijo mío, seas el más feliz de la familia.
—Como para no serlo con semejante esposa —dijo el sapito.
 
Inmediatamente, el sapo viejo saltó al agua para elegir una hoja de higuera. Cuando hubo encontrado la que le pareció más conveniente para el caso, la sujetó a la orilla por el tallo y colocó en ella la cáscara de nuez donde Pulgarcita dormía plácidamente.

 

A la mañana siguiente la niña despertó y al ver dónde se encontraba, se echó a llorar amargamente, pues comprobó que el agua la rodeaba por completo, resultándole imposible volver a tierra.
Mientras tanto el sapo viejo, después de haber construido el aposento para los novios, adornándolo con rosas y florecitas amarillas, en compañía de su hijo se dirigió nadando hasta donde estaba Pulgarcita, para llevarse la nuez a la habitación. Inclinándose cortésmente en el agua delante de ella, le dijo:
 
—Te presento a mi hijo, a quien te he destinado por esposa.
—¡Coac, coac, brequequequé! —canto el sapito, horrorizando con su voz y su aspecto a la pequeña.
 
Entre padre e hijo agarraron la linda camita barnizada a muñeca y se la llevaron al aposento del fondo del pantano. Mientras tanto, Pulgarcita, sola en la hoja de higuera, lloraba de pena pensando en aquellos animaluchos tan feos y repugnantes y en el matrimonio que la esperaba con uno de ellos.
Algunos pececitos que oyeron lo que dijo el sapo quisieron ver a la niña, y al comprobar que era linda, comprendieron que sería muy desdichada si se casaba con un animal tan horrendo, por lo que resolvieron desbaratar la boda. Se reunieron alrededor del tallo que retenía la hoja y lo cortaron con los dientes.
 
Inmediatamente la hoja fue arrastrada por las aguas y llevó a la niña tan lejos que, aunque los sapos, al notarlo, se pusieron a nadar, no pudieron alcanzarla. Por el camino, una mariposa muy blanca, empezó a revolotear a su alrededor, atreviéndose al fin a posarse en la hoja, pues quería ver de cerca de la niña, que era más pequeña que ella.

Contenta Pulgarcita por haberse librado de la terrible amenaza de casarse con aquel adefesio, se deleitaba contemplando el esplendor de la naturaleza. Aprovechando la compañía de la mariposa, desató su cinturón y después de haberlo atado por un extremo al insecto y por el otro al tallo de la hoja, avanzó por el arroyo a mayor velocidad de la que llevaba la corriente.
 
En eso pasó cerca de ella un escarabajo de alas azules, que al verla la agarró con una pato por su frágil talle y la subió a lo alto de un árbol, mientras la hoja de higuera continuaba navegando con la mariposa que seguía tirando sin poderse desprender. Fue terrible el susto de la pobre niña al verse transportada por tan espantoso insecto. Igualmente sufría al pensar que la pobre mariposa blanca moriría de hambre y fatiga por su culpa.
 
El escarabajo la colocó sobre la hoja más grande del árbol, le regaló néctar de flores y le hizo mil cumplidos. Todos los escarabajos que habitaban en el árbol acudieron a visitarla. Ellos admiraban su hermosura, pero ellas —escarabajas—, moviendo las antenas, decían con desprecio:
 
—¡Qué poquita cosa! No tiene más que dos piernas y dos bracitos… Y no tiene ninguna antena. Y es delgada como un hombre. ¡Valiente fenómeno!
 
Pulgarcita, como ya hemos dicho, era encantadora, y aunque al escarabajo que la había robado le parecía linda, al oír expresarse tan despectivamente a las mujeres de su familia, terminó por considerarla fea y la despreció. La bajaron del árbol y la colocaron sobre una margarita, con lo que le fue devuelta la libertad. Y , aunque la niña se alegró de verse libre de tan monstruosa compañía, le mortificó haber sido expulsada por considerarla fea, pues estaba acostumbrada a oír alabanzas sobre su hermosura.

 
pulgarcita thumbelina
 

Pulgarcita pasó todo el verano solita en el bosque. Se hizo un lecho con pajitas y lo colgó bajo una hoja de árbol para resguardarse de la lluvia. Se alimentaba con el néctar de las flores y aplacaba la sed bebiendo las gotitas de rocío que por la mañana se juntaban en el pasto.
Así pasó también el otoño, pero al llegar el invierno empezó a sufrir, pues hacía mucho frío. Además, todos los pajaritos que la habían entretenido con sus cantos se alejaron; los árboles se desprendieron de su follaje; las flores se marchitaron, y la hoja que le servía de techo y reparo, se arrolló, se agrietó y se redujo a un tallo seco y amarillo.
 
La infeliz Pulgarcita sintió aún más los rigores de la estación, porque sus livianos vestidos empezaron a caerse hechos jirones.
 
Luego empezaron las nevadas, y cada copo que la tocaba le producía un efecto terrible. Aunque se envolvía en una hoja seca, no lograba entrar en calor. Consideraba cercano el momento en que iba a morir de frío.
 
Cerca del bosque donde estaba, había un gran campo de trigo, del cual no se veía más que el rastrojo sobre la tierra helada. A Pulgarcita le pareció tan grande como un bosque. Muerta de frío llegó a la cueva de una rata en la que se entraba por un agujero disimulado bajo la paja. El animalito que allí vivía gozaba de buena posición, pues poseía un granero repleto, una buena cocina y un amplio comedor. La niña llamó a la puerta como si fuera una limosnera, suplicando que le dieran un grano de cebada, pues hacía dos días que no comía.
 
—¡Pobrecita! —respondió la rata, compadecida, pues tenía buen corazón—. Ven a comer conmigo. De paso, te calentarás, pues estás temblando.
 
No tardó el animalito en tomar cariño a Pulgarcita y la invitó a pasar con ella el invierno.

 

Al hacerle el ofrecimiento, le dijo la rata a Pulgarcita:
 
—Puedes vivir aquí durante el invierno, pero a condición de que arregles la casa y me cuentes algún cuento.
 
La niña aceptó muy contenta y no tuvo de qué quejarse, pues la rata no era exigente y comía muy bien. Y un día le dijo a Pulgarcita:
 
—Prepárate, que un día de éstos tendremos visita. Se trata de un vecino que acostumbra a venir una vez por semana. Es más rico que yo; tiene una cueva con grandes y lujosos salones y viste una magnífica piel de terciopelo.
 
Y luego agregó:
 
—¿Sabes una cosa?
—¿Qué, señora rata?
—Que te he encontrado novio.
—Es que yo no quiero casarme.
—Una chica de tu edad y, sobre todo, estando sola en el mundo, debe tener un marido que la mantenga y la proteja.
—Me basta con lo que usted me da a cambio de mi trabajo, y con su protección.
—Pero yo soy muy vieja, Pulgarcita. Cuando yo me muera, ¿qué será de ti?
—Entonces Dios dirá; pero mientras tanto déjeme estar a su lado.
—De ninguna manera. Yo te quiero mucho y, precisamente porque te quiero, te he buscado un lindo novio. Y no me repliques, si no quieres que me enoje y te eche de mi casa.
—Si me lo manda, bueno: me casaré. Aunque me muera del disgusto.
—No se trata de eso. Yo no quiero que te cases a disgusto. Te presento el novio, y si te gusta, os casáis…
—¿Y si no me gusta?
—Ya te buscaré otro.
—Es que yo no quiero ninguno.
—Pues a alguno tendrás que querer. Esto sí que te lo impongo como obligación.
—Está bien. ¿Y quién es ese primer novio que quiere presentarme?
—El señor Comadreja. Esta noche vendrá, y espero que seas amable con él.
—Haré todo lo posible.

 
pulgarcita thumbelina
 

Efectivamente, aquella misma noche se presentó en la cueva de la Rata el señor Comadreja, atusándose los bigotes y moviendo orgullosamente la cola.
 
Al serle presentada Pulgarcita por la dueña de la casa, el visitante sonrió mostrando unos dientes blancos y afilados que eran su orgullo.
 
A la niña aquella sonrisa le heló el corazón. Le resultaba muy antipática y le causaba un miedo feroz, tan feroz que la pobrecita no pudo menos de exclamar:
 
—¡Uy, qué dientes tiene!
—Son mis armas de combate, nena —contestó el aludido— Gracias a mis dientes, procuro mi sustento y castigo a los que quieren mal. ¿Usted me quiere mal?
—No, yo no lo quiero ni bien ni mal. Simplemente, no lo quiero.
—Ya me querrá con el tiempo. Sobre todo cuando sepa que trata con el terror de los gallineros, a quien el mismo zorro teme.
—¿Y qué hace en los gallineros? ¿Vigila las gallinas?
—Sí, las vigilo para podérmeles llevar los pollos y los huevos. Sobre todo, los huevos. ¡Cómo me gustan!
 
Y, al decir esto, se relamía los bigotes en los que habían quedado partículas de su reciente comilona.
 
—¿Y a quién le pide usted los pollos y los huevos?
—¡A nadie! ¿A quién se los voy a pedir? Voy, los agarro y me los llevo a mi casa, cuando no los despacho allí mismo, si es que tengo mucha hambre, cosa que me ocurre una noche sí y otra… también.
—¡Jesús! Entonces, usted es un ladrón.
—¡Niña! —la reprendió doña Rata.
—Déjela, que tiene razón —intercedió el señor Comadreja—. Soy ladrón, es cierto. ¡Y a mucha honra!
—Entonces, no quiero saber nada con usted.
—Pues tendrás que saber o de lo contrario…
 
Al decir esto último, hizo rechinar los dientes de una manera que Pulgarcita se puso a temblar. La conversación había tomado un cariz tal, que la misma rata se inquietó y buscó un pretexto para dar por terminada la visita.

 

Cuando quedaron solas la Rata y Pulgarcita, ésta se echó en brazos de aquélla y le dijo, llorando:
 
—¡Por compasión, señora! No me haga casar con un sujeto tan depravado.
—No es lo que te imaginas —le contestó la rata—. Es cierto que roba, pero lo hace como la cosa más natural del mundo. Ladrones fueron sus padres y ladrón es él y ladrones serán sus hijos.
—¡Qué horror! ¡Hijos ladrones!
—Para ellos ser ladrón es como para otros ser carpintero o escribano. Es su medio natural de vida, y lo consideran lógico y hasta legal.
—Pero no me negará que es un bravucón. ¿Ha visto qué alarde hace de sus dientes?
—Ese sí es un defecto, hija mía. No debía complacerse en asustar a las personas pacíficas como tú. Y lo peor es que se ha enamorado perdidamente y, valido de sus armas bucales, no estará dispuesto a largarte mientras le quede un solo diente.
—¿Mientras le quede un solo diente?
—Sí; mientras le quede un solo diente.
—Entonces, ya estoy salvada.
—¿Qué piensas hacer?
—Ya lo verá usted. Cuando vuelva mañana a visitarme, déjelo por mi cuenta.
—Está bien, hija. Y que Dios te ilumine.
 
Pulgarcita y doña Rata se fueron a dormir, y cuando a la noche siguiente el señor Comadreja apareció con su acostumbrado aire de matón, la niña se apresuró a atenderlo con una solicitud que contrastaba con el desdén miedoso del día anterior. Al poco rato de entablada, hizo derivar la conversación a los gustos predilectos de su pretendiente: los pollos y los huevos. Y le dijo:
 
—¿No ha visitado nunca el gallinero de la granja de los Cuatro Caminos?
—No. Nunca me dio por rondar aquellos lugares, aunque algunos compañeros me han ponderado la calidad de sus productos.
—Y no le han mentido. Las gallinas de allí ponen los mejores huevos de la comarca.
—¿De veras? —preguntó Comadreja, quien ya se le estaba haciendo la boca agua.
—¡Y muy de veras! Con decirle que todos son de dos y hasta de tres yemas.
—¡De tres yemas! —exclamó el ladrón en el paroxismo de la gula.
Pero al poco rato cambió de tono, como si le hubieran echado un balde de agua encima. Y dijo:
—¿Qué hacemos con que haya huevos de tres yemas, si tienen allí un mastín que no deja arrimar a nadie?
—Es cierto. Pero también es cierto que esta noche no estará el mastín.
—No estará el mastín, pero estará el granjero, que tiene una escopeta que no falla y una puntería que falla menos que la escopeta.
—Tampoco estará él. Me he enterado que esta noche el granjero, la granjera y los granjeritos irán a velar a un pariente que se encuentra gravemente enfermo. Y como siempre que salen de noche se llevan al perro para que los ladrones no los asalten en el camino, en la granja no quedará más alma viviente que la de las gallinas y los cerdos, suponiendo que cerdos y gallinas tengan alma.
—Si es así, allá voy ahora mismo. Y me daré un atracón de huevos de tres yemas en el mismo gallinero, pues se me ha abierto el apetito de par en par.
—Vaya y que le haga buen provecho.
 
El señor Comadreja salió a escape en dirección a la granja de los Cuatro Caminos. Se acercó con cuidado, por si no eran ciertos los informes de Pulgarcita. No tardó en comprobar que la niña no había mentido. En la finca reinaba el más profundo de los silencios, y el mastín no daba señales de vida, pues aunque en ese momento pasaba un carro, no hizo notar su presencia con los cavernosos ladridos de costumbre.
 
El taimado y precavido ladronzuelo se atrevió, cruzó el patio, penetró en el gallinero sin hacer ruido y se dirigió al ponedero.
 
Pulgarcita no lo había engañado. ¡Qué maravilla de huevos los que estaban allí sobre la paja! Grandes, limpios y lustrosos como no había visto otros en su vida. Sin poderse contener, se abalanzó sobre el rico manjar que se le ofrecía y le clavó los dientes al que le pareció de tres yemas. Inmediatamente lanzó un quejido y algo saltó por los aires yendo a rebotar sobre las losas del piso, algo que no era precisamente la cáscara del huevo de tres yemas, sino los dientes del señor Comadreja. ¿Qué había pasado? ¡Casi nada!: que los huevos del ponedero no eran tales, sino simples imitaciones de duro mármol, que la granjera colocaba allí para invitar a las gallinas a poner.
 
¡Adiós, herramientas de trabajo y armas de defensa! No le quedó al señor Comadreja un solo diente entero. Dolorido y derrotado, se fue a su madriguera, de la que salía de tarde en tarde sin hacerse ver de nadie, para alimentarse de yerbas y gusanos.
 
Y Pulgarcita, que se había puesto de acuerdo con la granjera para tenderle la trampa al ratero, se vió libre para siempre de tan temible y antipático pretendiente.

 
pulgarcita thumbelina
 

Pero doña Rata quería casar a toda fuerza a Pulgarcita. Y una noche le dijo.
 
—¿Sabes una cosa? Te he encontrado otro novio.
—¿Quién es? —preguntó la niña, ahorrando las protestas y prefiriendo pensar en la manera de sacarse al festejante de encima.
—Es el caballero Langosta. Un señor ceremonioso, de patas y brazos muy finos y que viste siempre de levita. Esta noche vendrá a verte.
 
Efectivamente, después de cenar llamaron a la puerta y apareció el nuevo pretendiente de Pulgarcita.
Esta lo observó bien. Como había dicho la Rata, su porte era distinguido, y sus manos, aristocráticas; pero apenas le estrechó la diestra, correspondiendo a su saludo, se lastimó los dedos. Es que el visitante tenía en sus brazos y piernas unos afilados serruchos.
 
—¡Ay! ¿Qué es eso? —preguntó la niña.
—Eso lo tengo para saltar.
—¡Cómo! ¿Un señor tan serio salta? ¿Y por qué salta?
—Para ganar tiempo mientras voy comiendo todo lo que encuentro en mi camino.
—¿Todo lo que encuentra?
—Sí. Todo lo que encuentro. Siempre tengo hambre y nada me sacia. Ahora mismo te comería a ti.
—¡Jesús! —exclamó Pulgarcita, echándose en brazos de la Rata.
—No tengas miedo, que todo ha sido una broma — dijo el caballero Langosta.
—Sí, pero bien que le he visto una bocaza con afilados dientes. Y vea: se le está cayendo la baba.
—Pues es verdad —dijo el pretendiente, secándose los labios, visiblemente contrariado.
—Por lo visto, se le hacía agua la boca solamente de pensar que me iba a comer.
—No seas tonta. Te digo fue una broma. Pero apenas hablo de comida me babeo como una criatura.
—Pues, entonces, no ganará para comer.
—No preciso ganar nada. Como todo lo que encuentro, sin necesidad de ganarlo.
—¡Ay, señora! ¡Otro ladrón!…
 
Y Pulgarcita se volvió a echar llorando en brazos de la dueña de casa. Esta procuró abreviar la entrevista, y el caballero Langosta se retiró, prometiendo regresar al día siguiente.

 

El día siguiente era víspera de San Juan, y desde la cueva de la Rata se veían, llegada la noche, las fogatas que habían encendido los chicos de las granjas vecinas. Pulgarcita contemplaba el fuego con melancolía. De buena gana hubiera ido a saltar alrededor de las hogueras, en lugar de aguardar la visita del famélico pretendiente. Este no tardó en aparecer, deshaciéndose en reverencias.
 
—¿Te gusto o no te gusto? — le preguntó a la niña.
—Le seré franca —contestó ésta—. Me gustaría si en lugar de saltar, volara. Entonces sí que me casaría con usted.
 
Se atrevió a lanzar esa afirmación en la seguridad de que pedía un imposible, ya que no le había visto alas al caballero.
 
—Entonces, serás mía —dijo Langostines, con vivo júbilo—. Inmediatamente me haré volador.
En efecto, como estaba en edad de pelechar, se sacó su vestimenta de saltarín y pareció con unas largas y potentes alas transparentes.
—¿Y puede volar con eso? —preguntó Pulgarcita, por decir algo.
—¿Qué si puedo? Ahora verás.
 
Y, elevándose hasta cerca del techo, ganó la puerta de la cueva y salió al campo. Allí se encontró con lo inesperado: las fogatas de San Juan, que en distintos puntos elevaban sus lenguas de fuego. No pudieron resistir la atracción de la luz, se dirigió volando a la que estaba más cerca y pereció entre las llamas. Con lo que Pulgarcita se vió libre de otro pretendiente.

 

Todavía no había pasado una semana de la trágica muerte del caballero Langosta cuando doña Rata le dijo a Pulgarcita:
 
—Prepárate, que hoy tenemos la visita que un día te anuncié. La del vecino más rico que yo, ese que tiene una cueva con grandes y lujosos salones, y viste una magnífica piel de terciopelo.
 
Si quisiera casarse contigo, estarías bien, pues no te tendría muy atada, ya que no ve ni más acá ni más allá de sus narices. Cuéntale las historias más lindas que sepas y se divertirá mucho.
 
A pesar de las ventajas que destacaba la rata, Pulgarcita no tenía ningún deseo de casarse con el vecino, que era un topo. Este no tardó en presentarse.
 
Su conversación era monótona y soñolienta. No supo hablar de otro cosa que de sus riquezas y sus instrucción, diciendo pestes del sol y de las flores, pues nunca los había visto.
 
La niña cantó las mejores canciones que sabía, y el topo, encantado, se apresuró a pedirla en matrimonio. Interrogada Pulgarcita, manifestó que lo iba a pensar.
 
Deseando el topo resultar grato a sus vecinas, les dio permiso para que se pasearan por una gran bóveda subterránea que acababa de construir entre las dos viviendas, pero les advirtió que no debían asustarse de un pájaro muerto que iban a encontrar y que había quedado allí enterrado cuando empezó el invierno.
 
El primer día que la Rata y Pulgarcita resolvieron corresponder al ofrecimiento del topo, éste las fue guiando por su largo corredor, llevando entre los dientes un pedazo de madera vieja que brillaba como un fósforo. Al llegar al lugar donde estaba el pájaro muerto, levantó con su hocico una parte de la tierra del techo e hizo un agujero por el que penetró un rayo de sol, con lo que la niña pudo ver tendido en tierra el cuerpo yacente de una golondrina, espectáculo que le dio mucha lástima. El topo empujó brutalmente con las patas el cuerpo del pájaro y dijo:
 
—Ya no nos atormentará más los oídos. Estas criaturas, después de cantar como locas en verano, se mueren de hambre en el invierno. Afortunadamente, ninguno de mis hijos tendrá la desgracia de ser pájaro.
—¡Muy bien dicho! —exclamó la Rata—. Con el canto no se para la olla.
Pulgarcita no dijo nada, pero en cuanto sus compañeros hubieron vuelto la espalda, se inclinó sobre la golondrina yacente y, separando las plumas que le cubrían la cabeza, le dio un beso en los ojos.
—A lo mejor es ese pajarito que cantaba tan graciosamente para mi este último verano— pensó —. ¡Pobrecito!… Te compadezco de todo corazón.
 
Una vez que hubo tapado el agujero, el topo obsequió a sus amigas con una merienda y luego las acompañó a su casa.

 

Aquella noche Pulgarcita no podía dormir, pensando en la golondrina muerta. Se levantó y tejió un lindo tapiz de pasto y se fue a la bóveda del topo y cubrió con él al pájaro yacente. Luego le puso a ambos lados un poco de algodón que había encontrado en la casa de la Rata, para preservarlo del frío de la tierra.
 
—¡Adiós, pájaro lindo! —le dijo—. Te estoy agradecida por la hermosa canción con que me divertías durante el verano, cuando yo podía calentarme al sol.
 
Al decir esto, apoyó la cabeza sobre al pecho de la golondrina y se levantó asombrada al sentir una ligera palpitación del corazón del pajarito, que en realidad no estaba muerto sino aterido de frío. El calor prodigado por la niña lo había resucitado.
 
Sabrán ustedes que durante el otoño las golondrinas emigran a los países cálidos y que si alguna se detiene en el camino el frío termina por voltearla como muerta. Comparada con ella, cuya altura no excedía de una pulgada, la golondrina parecía un ave monstruosa. Por ello se asustó un poco al notarla con vida, pero la buena intención le dio ánimo, y apretó el algodón alrededor del pájaro, fue a buscar una hoja de menta que ella usaba como sábana y se la puso sobre la cabeza.
Cuando a la noche siguiente fue a ver a la golondrina, la encontró resucitada del todo, pero tan débil que apenas pudo abrir los ojos para mirar a la niña.
 
—A ti te debo la vida —le dijo la golondrina—, pues le has dado a mi cuerpo el calor que necesitaba. Dentro de poco habré recuperado las fuerzas, y podré reanudar el vuelo calentándome a los rayos del sol.
—Por ahora no debes pensar en eso —le replicó Pulgarcita—. Afuera hace mucho frío. Hasta que no venga la primavera, debes quedarte aquí. No te preocupes, que yo te cuidaré.
 
Como el pajarito le manifestara que tenía sed, le llevó agua en el pétalo de una flor. La enferma bebió y le contó que, habiéndose lastimado una ala en una planta espinosa, no había podido seguir a sus compañeras a los países de clima cálido. Muerta de fatiga, había rodado por tierra con el conocimiento perdido hasta que recibió la ayuda de la niña.
 
Mientras duró el invierno y sin que la Rata ni el topo lo supieran. Pulgarcita atendió a la golondrina amorosamente. Y cuando llegó la primavera, el pájaro, que había recuperado todas sus fuerzas, se despidió de la niña y salió por el agujero practicado por el topo en el techo, que Pulgarcita había destapado. La golondrina, agradecida, le dijo a su bienhechora que la acompañase al bosque sentada sobre sus espaldas; pero la niña, considerando que su ausencia causaría mucha pena a la rata, que tan bien se había portado con ella, no aceptó el ofrecimiento.
 
—Entonces, ¡adiós! —le dijo el pajarito, elevándose hacia el cielo. Y agregó cuando ya estaba fuera—: Cuenta con mi eterno agradecimiento.
 
Pulgarcita se quedó muy triste. Para colmo, no podía salir a calentarse al sol, porque el trigo brotaba alto sobre la casa de la rata, formando un bosque tupido e impenetrable. Y un día le dijo la dueña de casa:
 
—Conviene que vayas preparando tu ajuar. El señor Topo ha pedido tu mano y para casarte con él debes estar bien provista.
 
La niña, resignada con su suerte, tomó la rueca, y la rata contrató como obreras a cuatro arañas, que eran grandes tejedoras. Todas las tardes el topo las visitaba y les hablaba del horror del verano, por lo que la boda no se realizaría hasta bien entrado el otoño.
 
Pulgarcita todos los días iba a presenciar la salida y la puesta del sol desde la puerta de la cueva, viendo el cielo a través de las espigas que agitaba el viento. Admirando la naturaleza, pensaba mucho en la golondrina, pero debía de estar tan lejos, que posiblemente ya no la volvería a ver.
 
Pasaron los meses, llegó el otoño y la niña vió terminado su ajuar. Y un día le dijo la rata:
 
—Dentro de cuatro semanas te casarás con el señor Topo.
 
Pulgarcita lloró, pues la asustaba aquel individuo tan fastidioso y aficionado a la oscuridad.

—No te pongas así —le dijo la rata—. Considera que se trata de un buen partido. Si te afliges, me enojaré y te daré un mordisco.
 
La niña, atemorizada, contuvo su llanto. Y llegó el día de la boda. Se presentó el topo muy contento, dispuesto a llevarse a Pulgarcita bajo tierra, donde ya no vería nunca más la luz del día, puesto que el que iba a ser su marido no podía soportar los rayos del sol.
 
La niña, para despedirse de lo que ya no volvería a ver, salió afuera, donde ya habían cortado el trigo.
—Ya no te veré más, lindo sol — dijo, y abrazando una flor —: ¡Adiós, amiga mía! Si ves a la golondrina, salúdala en mi nombre y dile que soy muy desgraciada.
 
En aquel momento oyó un cantito, levantó la cabeza y vio pasar a su pájaro amigo. La golondrina manifestó una inmensa alegría al verla y bajó para hacerle mil caricias. La niña le contó que la querían casar con un señor muy feo que vivía bajo tierra y que aquel mismo día debía celebrarse la boda a la que concurrirían como testigos algunos sapos y lombrices.
 
—Como se acerca el invierno —le dijo la golondrina—, debo irme a los países cálidos. Si quieres venir conmigo, puedes subir a mi espalda. Huiremos lejos, muy lejos de ese señor que odia al sol, allí donde el verano y las flores son eternos. Ya que me salvaste la vida cuando yacía en el sombrío corredor muerta de frío, yo te salvaré ahora del peligro que te amenaza. Decídete, no seas tonta.
—¡Sí, iré contigo! —le dijo Pulgarcita—. Es cierto que la rata me ha favorecido mucho, pero también es cierto que ahora quería obligarme a casar a disgusto.
 
Se sentó en la espalda de la golondrina atándose con su cinturón a una de las plumas más fuertes, y enseguida se sintió llevada por encima de los bosques, del mar y de las montañas. Cuando sentía frío, se acurrucaba bajo las plumas calientes del ave, sacando solamente la cabecita para admirar las bellezas del paisaje que se ofrecía a sus pies. Y llegaron a los países cálidos donde la viña brota en todos los surcos, donde hay bosques enteros de limoneros y naranjos y donde las más maravillosas plantas exhalan embriagantes perfumes.
 
pulgarcita thumbelina

 

La golondrina se detuvo cerca de un lago azul en cuyas márgenes se levantaba un castillo de mármol con una cúpula en la que había gran cantidad de nidos. Uno de aquéllos era la vivienda de la amiga de Pulgarcita.
 
—Aquí tienes mi casa, que es la tuya —le dijo el pájaro—, pero no te recomiendo que vivas en ella pues hace mucho frío en invierno y mucho calor en verano. Mejor que elijas una linda flor. Te depositaré en ella y haré lo posible para que tu permanencia sea agradable.
 
Flores coloradas, blancas y azules crecían entre los fragmentos de una columna en ruinas. La niña eligió una de ellas, y allí la depositó la golondrina.
 
La admiración que sentía Pulgarcita por las magnificencias que la rodeaban creció de punto al ver a un hombrecito blanco y transparente como el cristal, adornado con una diadema de oro y apenas de una pulgada de altura, que estaba sentado en la misma flor. En la mano llevaba un cetro de oro y piedras preciosas y de los hombros le salían unas alas resplandecientes. Aquel lindo personaje era el príncipe de las flores, que reinaba sobre todo al jardín.
 
Lejos de asustarse por la aparición, Pulgarcita se quedó mirándolo con embeleso. Cuando el príncipe vió al ave gigantesca, se asustó, pero se repuso al mirar a Pulgarcita, que le pareció la mujer más linda del mundo. Le puso su corona en la cabeza y le preguntó si consentía en ser su esposa.
 
¡Qué diferencia con el sapo asqueroso y el topo estúpido! Aceptándolo sería la reina de las flores. Le dijo que sí y no tardó en recibir la visita de parejas compuestas por bizarros caballeros y hermosas damas, que salían de cada flor para ofrecerle lindos regalos. Entre éstos, el que más le agradó fue un par de alas transparentes que habían pertenecido a una gran mosca blanca. Tan pronto le fueron colocadas, pudo volar de flor en flor.
 
La golondrina, desde el nido, hacía oír sus mejores canciones, aunque en el fondo de su corazón se sentía triste por haberse tenido que separar de su bienhechora, a la que, sin embargo, visitaba frecuentemente.
 
Y Pulgarcita vivió muy feliz con su esposo durante larguísimos años. Y tuvieron muchos hijos, tan pequeñitos, que al nacer no eran más grandes que un granito de anís; pero todos muy lindos e inteligentes.

 

Mientras tanto, ¿qué fue del Topo?
 
Resulta que el día de la boda, cuando llegó la hora para su consagración se presentó en la cueva de la rata.
 
—¿Todavía no está lista Pulgarcita? — preguntó.
—¡Ay, señor Topo —le contestó la rata—, qué desgracia tan grande!
—¿Qué ha pasado?
—Que la chica ha desaparecido.
—¿La habrá secuestrado algún rapaz del campo?
—Temo algo más desagradable para usted: que se haya fugado para no unir su vida a la tuya.
—¿Dónde ha ido? Dígamelo en seguida. Donde sea iré, y la obligaré a vivir conmigo, aunque sea a golpes. Y si, a pesar de eso, se resiste, la mataré.
—Yo lo sé —exclamó una lombriz que envidiaba la suerte de Pulgarcita.
—¿Dónde? ¡Dímelo pronto! — vociferó colérico el Topo.
—Por allí, en el lomo de un pajarito —contestó la lombriz, señalando el firmamento en dirección al sol.
 
El Topo, no acordándose del daño que le hacía la luz, miró de frente al astro rey y los rayos de éste lo provocaron la muerte.
 
Y así terminó el mal sujeto que quería casar a Pulgarcita contra su voluntad.
 
 
FIN
 
 
En DeviantArt podéis ver una sesión de fotos impresionante, donde unos chicos han hecho un Cosplay completamente espectacular de esta película: http://ryoko-demon.deviantart.com/ 
 
pulgarcita thumbelina cosplay

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© Rocío Tudela. Con la tecnología de Blogger.